Yoga Funcional
¿Qué es más importante en el Yoga Funcional?
Fuerza, movilidad, equilibrio, respiración, atención y voluntad no funcionan por separado. Así las integramos en la práctica de Yoga Funcional.

Imagínate que necesitas levantar un refrigerador urgentemente. No preguntes por qué.
Supongamos que tienes fuerza suficiente para hacerlo. ¿Significa que vas a levantarlo bien? Probablemente sí. La pregunta es dónde lo vas a dejar caer y qué parte del cuerpo te va a doler después.
Porque de repente resulta que para una tarea tan sencilla la fuerza por sí sola no es suficiente. Necesitas colocarte bien, mantener el equilibrio, saber hacia dónde te estás moviendo, controlar la posición del cuerpo, coordinarte con la persona que está del otro lado y, preferiblemente, no dejar de pensar durante todo el proceso.
Y más o menos aquí empieza lo que yo llamo funcionalidad.
En la vida real rara vez necesitamos una sola capacidad física de forma aislada. La fuerza casi siempre necesita coordinación. Una gran amplitud de movimiento sirve de poco si de repente, en lugar de dar un paso, terminas haciendo un split. El equilibrio necesita atención. Y todo esto, además, tiene que seguir funcionando cuando cambian las condiciones.
Por eso no me interesa demasiado elegir qué es más importante en yoga: fuerza, flexibilidad, atención o voluntad. Me interesa mucho más enseñar a una persona a utilizar todo eso al mismo tiempo.
Por qué mis clases se parecen un poco al vinyasa
Si miras mis clases de Yoga Funcional en Panamá desde fuera, realmente pueden recordar al vinyasa yoga. Nos movemos bastante, pasamos de una posición a otra y conectamos asanas en secuencias. Aunque yo no considero mis clases vinyasa en el sentido habitual.
Simplemente me resulta útil construir la práctica de esta manera para trabajar diferentes capacidades del cuerpo dentro de un tiempo limitado.
Por ejemplo, entramos en una posición que requiere cierta movilidad. Añadimos la necesidad de sostener nuestro propio peso y aparece la fuerza. Cambiamos el apoyo y aparece el equilibrio. Conectamos varios movimientos y ya necesitamos coordinación.
Pero la tarea no termina ahí, porque durante todo ese tiempo también sería conveniente entender qué demonios estás haciendo.
¿Dónde está el esfuerzo? ¿Qué está pasando con la posición del cuerpo? ¿Hasta qué punto el movimiento sigue bajo control? ¿Qué cambió después de pasar a la siguiente posición? ¿Qué está pasando con la respiración?
Y entonces la atención deja de ser algo que practicamos por separado después del trabajo físico.
Se convierte en parte del movimiento.
Me gusta una idea bastante simple del zen: si estás haciendo algo, haz precisamente eso. Por completo.
Para esto no hace falta convertirse en budista. En el entrenamiento tiene un sentido completamente práctico. Si estás sosteniendo una asana, no tienes por qué limitarte a esperar a que el profesor finalmente te permita salir de ella. Aunque la mayoría hace exactamente eso mientras me maldice.
Puedes utilizar ese tiempo para entender qué está pasando con tu cuerpo, con tu respiración y con tu propia reacción al esfuerzo.
Y a veces aparecen cosas bastante interesantes.
Por ejemplo, de repente descubrimos que dejamos de respirar
Esto se ve especialmente bien con principiantes. Mientras todo va bien, la persona respira. Después empieza a costar, se tensa, contiene la respiración e intenta aguantar así los últimos segundos.
Por eso normalmente no empiezo explicando a los principiantes que tienen que respirar de alguna manera especial y «correcta».
La primera regla es mucho más sencilla: respira como puedas; lo importante es que sigas respirando.
Después, poco a poco, aprendemos a trabajar con esa respiración.
Al principio de la clase utilizo una práctica de respiración en nueve ciclos. Primero reunimos la atención y después vamos alargando poco a poco el ciclo respiratorio, acostumbrándonos a respirar de una manera más lenta y tranquila.
Sentado y sin hacer nada especialmente complicado, esto resulta bastante fácil.
Ahora intenta conservar una respiración tranquila y controlada cuando los músculos ya están trabajando, tienes que mantener el equilibrio y lo único que quieres es salir de la posición.
Ahí empieza una práctica bastante diferente.
Para cambiar la respiración primero tienes que darte cuenta de que ha cambiado. Y ahí vuelve a aparecer la atención. Resulta que supuestamente estamos entrenando fuerza, pero al mismo tiempo estamos trabajando con la respiración y la atención. Añadimos movimiento y aparece la coordinación. Cambiamos la posición del cuerpo y entran en juego la movilidad y el equilibrio.
Sobre el papel podemos separar todo esto.
En el cuerpo sigue ocurriendo al mismo tiempo.
Y la voluntad no consiste en saber aguantar
Con la voluntad la cosa se pone todavía más interesante.
El yoga es una práctica física, pero para mí no es un deporte. Aquí no hay una competición para descubrir quién llega más lejos, quién aguanta más tiempo o quién hace la variante más complicada.
Y tampoco recomiendo entusiasmarse demasiado con competir contra uno mismo.
Si ayer mantuviste una posición durante un minuto, no significa que hoy estés obligado a mantenerla durante un minuto y cinco segundos. Hoy puedes haber dormido peor, estar cansado, estresado, venir de otro entrenamiento o simplemente sentirte diferente.
Por eso me interesa mucho menos cuánto puede aguantar una persona que qué está aguantando exactamente y para qué.
Hay una gran diferencia entre un esfuerzo poco habitual del que queremos escapar inmediatamente y un dolor a través del cual, por alguna razón, seguimos empujando el cuerpo. Entre el momento en el que abandonamos demasiado pronto y el momento en el que hace rato deberíamos haber reducido la intensidad, pero tenemos unas ganas tremendas de demostrarnos algo.
Y necesitamos voluntad en ambos casos.
A veces para quedarnos un poco más. A veces para reducir la intensidad. Y otras veces para parar completamente.
Por eso no intentamos establecer un nuevo récord personal en cada práctica. Intentamos acercarnos al máximo que hoy nuestro cuerpo y nuestra mente nos permiten mantener bajo control.
Y si algo no nos deja avanzar, empieza a ser interesante entender qué es exactamente.
¿Falta fuerza o movilidad? ¿Perdemos el equilibrio? ¿No conseguimos coordinar el movimiento? ¿Se descontrola la respiración? ¿Aparece dolor? ¿O físicamente todo está bien, pero el esfuerzo es tan poco habitual que queremos salir mucho antes de que realmente sea necesario?
Para mí, esto también forma parte de la práctica.
Probablemente por eso no usamos música
Esto a veces sorprende a la gente durante sus primeras clases.
No tengo nada contra la música. El problema es más bien que la música es muy buena haciendo parte del trabajo por nosotros.
Puede marcar el ritmo, activarnos, relajarnos, ayudarnos a sobrellevar un esfuerzo desagradable o simplemente distraernos de nuestras sensaciones.
Durante la práctica me interesa más dejarle a la persona la posibilidad de darse cuenta por sí misma de lo que le está ocurriendo.
Me está costando: ¿qué es exactamente lo que me está costando? Quiero parar: ¿por qué? He empezado a respirar más rápido: ¿puedo cambiarlo? Estoy cansado: ¿necesito reducir la intensidad o todavía puedo continuar?
Poco a poco aprendemos a regular nuestro estado no solamente con ayuda de un estímulo externo, sino también con nuestra propia atención.
A veces incluso el entorno se convierte en una variable más. Si hace más calor de lo habitual, por ejemplo, no tiene sentido fingir que nada ha cambiado. El cuerpo responde a las condiciones y tenemos que tenerlo en cuenta y adaptar la intensidad.
No porque cuanto más duras sean las condiciones, mejor sea el entrenamiento. Todo lo contrario.
Cambian las condiciones: tenemos que notarlo y adaptarnos.
Y eso es exactamente lo que estamos intentando entrenar.
Pero esto tampoco significa meterlo todo a la vez
Porque entonces es muy fácil llegar a la conclusión de que la asana más funcional del mundo sería aquella en la que una persona está sobre una pierna, sostiene una mancuerna, se mete la otra pierna detrás de la oreja y al mismo tiempo resuelve una ecuación cuadrática.
No.
Si ahora una persona necesita aprender a mantener el equilibrio, a veces es mejor dejarla trabajar tranquilamente con el equilibrio.
Si todavía contiene la respiración con un esfuerzo relativamente pequeño, no tiene sentido complicar todavía más la posición. Si un movimiento no está bien controlado, primero tiene sentido aprender a controlarlo.
No añadimos complejidad porque más difícil signifique mejor. La añadimos cuando esa complejidad empieza a cumplir una función.
Por eso una misma asana puede verse diferente en personas diferentes. Una necesita reducir la amplitud. Otra puede añadir trabajo de fuerza. Y una tercera necesita quitar complejidad y, por fin, sentir qué demonios está haciendo.
Vamos del cuerpo hacia la postura, no de la postura hacia el cuerpo.
Y entonces la pregunta de qué es más importante —la fuerza, la flexibilidad, la atención o la voluntad— empieza a perder sentido.
En la vida real tampoco recibimos estas capacidades por separado.
Necesitamos levantar algo pesado sin lesionarnos. Mantener el equilibrio cuando resbalamos. Coordinar varios movimientos. Seguir pensando cuando estamos cansados. Entender cuándo vale la pena hacer un poco más de esfuerzo y cuándo es mejor parar.
Por eso, para mí, el objetivo del Yoga Funcional no es convertir a una persona en alguien extremadamente fuerte, extremadamente flexible o capaz de aguantar más que todos los demás.
El objetivo es otro: aprender poco a poco a utilizar juntas las capacidades que tenemos.
Porque así es exactamente como tenemos que utilizarlas fuera del mat.
SER FUNCIONAL NO SIGNIFICA SER EL MÁS FUERTE NI EL MÁS FLEXIBLE. SIGNIFICA SABER UTILIZAR LO QUE TIENES CUANDO LO NECESITAS.