Más difícil no significa mejor, y más divertido no significa peor

¿Una clase de yoga más difícil es necesariamente mejor? La historia de Carla y Diego explica por qué entrenar, aprender y disfrutar no son cosas opuestas.

Portada del artículo «Más difícil no significa mejor», sobre entrenamiento y aprendizaje en yoga funcional.

Hace poco, en un chat internacional de profesores de yoga, se armó una discusión sobre un asunto de importancia trascendental. No, no estábamos hablando de abrir el tercer ojo haciendo un split, de la importancia del chakra raíz ni de liberarnos del sufrimiento alcanzando la iluminación en un estudio de yoga.

El tema era mucho más serio: ¿hay que cambiar constantemente las secuencias de posturas para que los alumnos no se aburran?

Alguien comentó que un profesor que cambia los ejercicios en cada clase probablemente se dedica más a entretener que a enseñar.

Todos soltaron alguna risita, aparecieron unos cuantos stickers de aprobación y ahí quedó el asunto. La idea, por cierto, tiene sentido. Para aprender un movimiento hay que repetirlo, corregir errores y aumentar la dificultad poco a poco. Si hoy practicamos paradas de manos, mañana splits y pasado mañana intentamos convertirnos en un pretzel humano, cabe preguntarse qué demonios estamos aprendiendo.

Pero después me quedó dando vueltas otra pregunta.

¿Y quién dijo que todos vinieron a aprender lo mismo?

Carla, Diego y una desgraciada parada de manos

Imaginemos a dos personas perfectamente normales que van al mismo estudio de yoga. Llamémoslas Carla y Diego. Asisten a las mismas clases, hacen más o menos los mismos ejercicios y pagan religiosamente sus mensualidades.

Carla llega después del trabajo. Quiere moverse, estirarse un poco y pasar un buen rato. Le gusta que las clases sean variadas. Un día hay una secuencia dinámica, otro día ejercicios de equilibrio y al siguiente descubre músculos cuya existencia ni sospechaba. Además, acaba de apuntarse a clases de baile.

Diego es otro cuento.

Él quiere aprender a hacer una parada de manos. Y quiere lograrlo pronto. Tiene una meta, está motivado y piensa ir con todo hasta conseguirla.

Al principio, ambos están encantados. Carla disfruta de sus clases y Diego entrena con entusiasmo.

Pero pasan las semanas y la bendita parada de manos sigue sin salir.

Diego empieza a desesperarse. Se apunta a las clases más difíciles, entrena por su cuenta en casa y prueba cuanto ejercicio encuentra en internet.

¿No funciona? Entonces hay que esforzarse más.

Y más.

Hasta que un día su hombro decide que ya estuvo bueno.

Diego termina lesionándose y tiene que dejar de entrenar durante un tiempo para recuperarse. La parada de manos tendrá que esperar.

Mientras tanto, Carla sigue con sus clases. Sin apuro, sin obsesionarse con ninguna postura y sin necesidad de demostrarle nada a nadie.

Poco a poco gana fuerza, mejora su equilibrio y aprende movimientos nuevos.

Y un buen día, después de bastante tiempo, resulta que consigue hacer una parada de manos.

No perfecta. No a la primera. Pero la hace.

Diego todavía está recuperándose. Retroceso. Frustración.

¿Una hermosa historia sobre lo maravilloso que es divertirse haciendo yoga y lo peligroso que resulta tener objetivos?

No. Sería una moraleja demasiado cómoda. Y, además, falsa.

Cuando el cuerpo dice “hasta aquí llegamos”

Carla y Diego son personajes casi inventados. Pero cualquiera que conozca un estudio de yoga sabe que hay muchas Carlas y muchos Diegos por ahí.

El error de Diego resulta bastante familiar: creyó que cuanto más difícil fuera el entrenamiento, más rápido llegaría el resultado.

Solo que el entrenamiento físico no funciona con una tarjeta de puntos donde cada sufrimiento acumulado se convierte automáticamente en una recompensa.

En 2004, los investigadores Mark Guadagnoli y Timothy Lee propusieron un modelo conocido como Challenge Point Framework. La idea es que la dificultad de una tarea motora debe analizarse en relación con las capacidades de quien intenta aprenderla y las condiciones en las que entrena.

Lo que para una persona representa un desafío útil puede ser una misión imposible para otra.

Ojo: este modelo no sirve para predecir lesiones ni explica por sí solo lo que le ocurrió al hombro de Diego. Pero sí permite entender por qué una tarea más difícil no necesariamente produce un mejor aprendizaje.

Diego quería dominar una habilidad concreta. En lugar de organizar su entrenamiento alrededor de esa habilidad, se limitó a aumentar la carga.

Uno puede ganar fuerza, mejorar su resistencia, aprender una docena de posturas complicadas y seguir sin poder sostener una parada de manos.

Y también puede pasarla estupendamente en una clase y aprender algo nuevo casi sin darse cuenta.

Por cierto, en mis clases grupales de yoga funcional combinamos fuerza, movilidad, equilibrio, coordinación, movimiento dinámico y relajación. A veces toca esforzarse bastante. Otras veces hay que poner a trabajar el cerebro para averiguar dónde van las manos y qué se supone que están haciendo las piernas.

Y sí, la gente se divierte.

¿Desde cuándo eso se convirtió en un problema?

Bruce Lee contra las clases variadas

Volvamos a nuestra discusión internacional.

Hay una frase famosa, frecuentemente atribuida a Bruce Lee, según la cual no hay que temer al que ha practicado diez mil patadas diferentes, sino al que ha practicado una sola patada diez mil veces.

Suena bastante convincente. Sobre todo si quien la dice sabe patear.

Pero ¿repetir siempre es mejor que variar?

Los investigadores llevan tiempo estudiando esa cuestión. En 2023 se publicó un metaanálisis que reunió 37 estudios sobre aprendizaje de habilidades deportivas. Entre otras cosas, comparó la práctica organizada por bloques con la alternancia aleatoria de tareas.

En conjunto, no encontró una ventaja estadísticamente significativa y general de una modalidad sobre la otra.

Eso no significa que el estudio haya demostrado que cambiar las secuencias completas de yoga sea igual de efectivo que repetirlas. Los investigadores estaban estudiando otras tareas y otras condiciones.

Pero hay algo interesante: ni siquiera en el aprendizaje deportivo, donde se pueden medir habilidades concretas, existe una receta universal.

Carla podía mejorar asistiendo regularmente a clases variadas. Diego quizá habría aprendido antes si hubiera seguido una preparación específica, con progresiones adecuadas y tiempo suficiente para recuperarse.

O quizá no. Los seres humanos, lamentablemente, no vienen con garantía de resultados.

¿Y si Carla nunca hubiera querido hacer una parada de manos?

Lo más divertido de toda esta historia es que Carla jamás se propuso hacer una parada de manos.

Iba a yoga, también a bailar y, de paso, disfrutaba de moverse. La parada llegó como un extra inesperado.

¿Y si nunca la hubiera conseguido?

Pues nada.

Seguiría entrenando, manteniéndose activa y pasándola bien. ¿Acaso eso sería un fracaso?

En 2021, Barry Spiering y sus colaboradores publicaron una revisión científica sobre la cantidad mínima de entrenamiento necesaria para mantener la fuerza y la resistencia. Encontraron que, bajo determinadas condiciones, es posible conservar capacidades ya desarrolladas incluso reduciendo el volumen de entrenamiento.

No significa que cualquier clase de yoga sirva para mantener cualquier capacidad física. Significa algo bastante menos espectacular, pero importante: mantener lo que ya conseguimos también puede ser un objetivo perfectamente válido.

Por eso no veo ninguna razón para convertir cada clase grupal en una carrera hacia la siguiente hazaña atlética.

Quien busca mejorar su condición física general puede encontrar exactamente lo que necesita en clases regulares de yoga funcional. Quien quiere trabajar una habilidad específica, como una parada de manos o un split, puede optar por cursos especializados o entrenamiento individual.

También existen programas con otros objetivos: personas mayores, necesidades funcionales particulares o entrenamientos adaptados a determinadas condiciones y capacidades.

No porque unos sean superiores a otros. Simplemente, no todos buscamos lo mismo.

Y tener un objetivo concreto tampoco significa que uno deba renunciar a disfrutar del camino.

Esto es un estudio de yoga, no un monasterio de flagelantes con un programa obligatorio de autoflagelación sobre el mat.

Entonces, ¿quién tenía razón?

Al final, la historia tiene su ironía.

Carla iba a yoga porque le gustaba. Un buen día consiguió hacer una parada de manos.

Diego estaba tan decidido a desbloquear ese logro que terminó lesionándose el hombro y quedándose fuera de entrenamiento.

Pero cambiemos unas cuantas circunstancias y la historia podría haber terminado exactamente al revés.

Diego encuentra un buen profesor, sigue una preparación adecuada y consigue su parada de manos. Carla continúa disfrutando de sus clases grupales sin llegar jamás a ponerse de cabeza.

Y los dos son felices.

Por eso me resulta extraño enfrentar la variedad con el aprendizaje, como si fueran enemigos naturales. O suponer que una clase difícil necesariamente enseña más que una entretenida.

Se puede repetir la misma secuencia durante años sin aprender gran cosa. Y también se pueden cambiar los ejercicios con frecuencia mientras se desarrollan habilidades de manera progresiva.

Puedes salir de una clase tan agotado que tu único logro sea llegar vivo al sofá. O puedes pasar una hora estupenda, descubrir algo nuevo sobre tu cuerpo y tener ganas de volver mañana.

Más difícil no significa mejor, y más divertido no significa peor.

Antes de discutir cuál secuencia es la correcta, tal vez convendría averiguar qué buscan las personas que tenemos delante, sobre sus mats.

No vaya a ser que alguien practique la misma patada diez mil veces y al final descubramos que lo que quería era aprender a levitar.


Preguntas frecuentes

¿Hay que cambiar los ejercicios en cada clase de yoga?

No necesariamente. La repetición y la variedad pueden formar parte del aprendizaje de movimientos y habilidades. Lo importante es cómo se organizan los ejercicios y qué objetivo persigue cada clase.

¿Se puede mejorar la condición física con clases grupales de yoga funcional?

Sí. Las clases regulares pueden contribuir a desarrollar fuerza, movilidad, equilibrio, coordinación y resistencia, dependiendo de los ejercicios, la frecuencia y el nivel inicial de cada persona.

¿Cuántas veces a la semana conviene practicar yoga?

Para muchas personas, dos o tres sesiones semanales pueden ser un punto de partida razonable para mejorar la condición física general. La frecuencia adecuada depende del objetivo, la intensidad de las sesiones y la recuperación.

¿En qué se diferencia un curso especializado de una clase grupal?

Una clase grupal suele trabajar varias capacidades físicas. Un curso especializado organiza los ejercicios alrededor de un objetivo concreto, como aprender una parada de manos o desarrollar la movilidad necesaria para un split.


Fuentes y referencias

  1. Guadagnoli M. A., Lee T. D. (2004). Challenge Point: A Framework for Conceptualizing the Effects of Various Practice Conditions in Motor Learning. Journal of Motor Behavior, 36(2), 212–224. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/15130871/

  2. Ammar A. et al. (2023). The myth of contextual interference learning benefit in sports practice: A systematic review and meta-analysis. Educational Research Review, 39, 100537. https://doi.org/10.1016/j.edurev.2023.100537

  3. Spiering B. A. et al. (2021). Maintaining Physical Performance: The Minimal Dose of Exercise Needed to Preserve Endurance and Strength Over Time. Journal of Strength and Conditioning Research, 35(5), 1449–1458. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/33629972/